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Ciudad
Autónoma de Ceuta |
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Discurso
Alberto
Ruiz GallardÓn
Excelentísimo
Presidente de la Ciudad Autónoma de Ceuta, Don Juan Jesús Vivas;
Excelentísima Consejera de Educación y Cultura y Presidenta de la
Fundación Premio Convivencia, Doña Mabel Deu; señoras y señores:
Cuando
dos ciudades como Ceuta y Madrid se revelan tan distintas en su circunstancia,
pero tan cercanas en su pacífica vocación, entonces podemos sentir que
todavía quedan en este torturado mundo algunas fundadas razones para la
esperanza.
Ése
es el sentimiento principal que hoy me trae hasta Ceuta: esperanza.
Esperanza de que la empresa de convivencia a la que vuestra, ciudad
y la mía se han consagrado no será vana. Esperanza de que el
reconocimiento de, la diversidad como riqueza y no` como amenaza
seguirá abriéndose paso más allá del espíritu cerril de unos
cuanto. Esperanza de que el ataque que se nos, ha infligido el 11 de
marzo en castigo a nuestra tolerancia no tendrá, además de las 191
vidas perdidas y de los muchos cientos de heridos, un éxito
duradero. Esperanza, en fin, que entraña también una profunda
confianza en la fortaleza del modelo de integración que en una y
otra ciudad tratamos de construir, así como un agradecimiento
sincero a la hora de recoger, en nombre del pueblo de Madrid este
Premio Internacional Convivencia que, (junto al Premio Blanquerna de
la Generalitat de Cataluña), conforman ya dos de las más preciadas
distinciones que los ciudadanos de Madrid han recibido en los últimos
tiempos. El hecho de sabernos precedidos en este honor por figuras y
entidades de la talla de Adolfo Suárez, Vicente Ferrer, Mensajeros
por la Paz,, Dominique Lapierre y el pueblo de El Salvador añade
además a todas estas emociones otra sensación más: sentido de la
responsabilidad Porque hoy la ciudadanía de Madrid cobra conciencia
de que este Premio Convivencia no sólo reconoce el esfuerzo
realizado durante la jornada más dramática de su Historia
reciente, sino que le emplaza también a seguir siendo fiel a los
valores que en ese día de pavor, sufrimiento y coraje le ayudaron a
sobreponerse a la adversidad.
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"Una
ciudad está compuesta por diferentes clases de hombres; y personas
similares no pueden crear una ciudad". Así lo
afirmaba Aristóteles en su tratado sobre la Política hace 2.300 años
"Sí lo creemos también, con especial intensidad, algunas
ciudades que en razón de la geografía o de, la Historia, pero
desarrollando en todo caso una vocación siempre; hemos hecho de
nuestras calles y plazas de nuestra memoria y nuestros proyectos, un
espacio de encuentro, un foro para el intercambio y el diálogo.
Tanto en Ceuta como en Madrid tenemos el honor y la responsabilidad
de ser ciudades de encrucijada, con más carácter propio que si
apostáramos por la introversión en torno a una única seña de
identidad, y por eso afrontamos sin miedo la mágica circunstancia
de la frontera, de ser nosotros mismos en virtud no del aislamiento,
sino del contacto con el otro. De la misma manera que el filósofo
Eugenio Trías piensa que la conciencia del límite es la que
distingue al ser humano, conteniendo su esencia anticipándole otras
distintas que por contraposición también le definen, así también
nuestras ciudades se saben recorridas, por dentro y por fuera, por
un sinfín de líneas sutiles que identifican diferencias, que
delimitan matices, que describen peculiaridades, pero que quieren
integrar, más que separar, que actúan como suturas antes que como
desgarros.
Esa
es la peculiaridad y la grandeza de Ceuta y de Madrid: que
reconocemos nuestra naturaleza compuesta, plural y mestiza, y que no
tratamos de disimularla, sino de ensalzarla. En efecto: gozne de
culturas, crisol de razas, puerta de mundos distintos, fondeadero
donde guardarse de las tormentas intransigentes de la falsa pureza,
Ceuta es la ciudad diversa que, hecha de varias culturas, añade una
cuarta casta a las tres que tradicionalmente conforman la identidad
española, incorporándola a ella de modo natural. Si el capricho de
la naturaleza ha dispuesto que esta ciudad pusiera en contacto el
Mediterráneo con el Atlántico, Europa con África, el corazón de
sus pobladores ha querido por su parte hermanar a cristianos con
musulmanes, a judíos con hindúes, al hombre con el hombre, y al
presente, en fin, con su única posibilidad de futuro: la
tolerancia.
Madrid,
por su parte, comparte ese credo y lo pone en práctica a diario
acogiendo a ciudadanos de 180 naciones, catorce de las cuales
perdieron a algún compatriota en Atocha, El Pozo o Santa Eugenia, y
revalida, incluso en días negros como el 11 de marzo, ese
compromiso de pacífica convivencia que unos pocos intentaron sin éxito
truncar. No se trata ya de que el crecimiento socioeconómico
y cultural de Madrid dependa de su eficaz desempeño como plataforma
de intercambio entre Europa, África e Iberoamérica, (como en
efecto ocurre) sino de que su misma fibra humana, hecha de todos
esos acentos, ha demostrado que cuando la ciudad es atacada se
conmueve y moviliza al mismo tiempo, en respuesta a un único
reflejo, en defensa de una misma manera de convivir.
Ninguno
de los que estamos aquí caeremos fácilmente en la ingenuidad de
pensar que la interculturalidad que promovemos es la panacea para
todos los problemas. La construcción de un entorno común de
normas y valores responsable de preservar la forma de vida de la
sociedad de acogida, al tiempo que de hacerla permeable a las
aportaciones de quienes llegan de fuera, reclama mucho esfuerzo y diálogo,
mucha buena voluntad por parte de todos. Pero si nos sentimos
capaces de comprometernos con este hermoso empeño, que tanto tiene
de utópico y de estimulante, es porque nos anima una convicción.
La de saber que el futuro de una Humanidad en paz pasa por la
convivencia de distintas culturas, lenguas y religiones dentro de
marcos sociales, políticos y jurídicos comunes frente a la amenaza
de quienes postulan las verdades unidireccionales, (ante los
intentos de algunos de reducir el Estado a una única cultura o
forma de sentir, creer o pensar) se alza la apuesta de aquellos que
defendemos que la modernidad consiste en la creación de un espacio
público nuevo donde el hombre pueda vivir esas circunstancias sin
verse esclavizado y sin sentirse tentado de someter a los demás.
El
Estrecho de Gibraltar al que Ceuta se asoma marcaba, (en la Antigüedad)
el último horizonte del mundo conocido. El non
plus ultra del
orbe mediterráneo, el confín incierto donde acaso merodea Atlas,
el ámbito singular en el que los hombres empiezan a dudar de sus
certezas y las criaturas mitológicas emergen con su ambigüedad
desafiante, constituye todavía hoy ese espacio inquietante e
intermedio del límite, de la frontera, allá donde la
interculturalidad entraña un mundo de incógnitas y de preguntas
por contestar. Y aunque sabemos que aventurarse en él no requiere menos
valor que cruzar las columnas de Hércules, aceptamos el hecho de
que sólo teniendo el coraje de navegar por esos mares nuevos
abriremos nuestras mentes a la sabiduría y llevaremos la paz y la
prosperidad a nuestras ciudades.
El
11 de marzo nos enseñó que para emprender esa navegación no hace
falta ser un héroe, o que acaso el heroísmo consiste en vivir
sencillamente, lo cual, en ciudades complejas como la nuestra,
significa aceptar de buena fe la esencial unidad de lo humano.
Porque los trenes que esa mañana fueron inesperadamente desviados,
hasta ser varados en una última estación de sombras de la que ya
no regresarán, albergaban un pasaje diverso y bien avenido, que se
entendía en lenguas dispares y ejemplificaba con su diaria
convivencia de estudiantes y trabajadores que la vida está hecha
precisamente de esta pacífica coexistencia de los diferentes, de
los que según Aristóteles hacen la ciudad. Por su parte, aquellos
que lucharon por infundir un aliento de vida entre tanta muerte, no
se detuvieron a considerar cuál era su concreta condición o la de
las víctimas que reclamaban su auxilio. Todos fueron Madrid ese mañana,
pues, a pesar del sinsentido que en esos momentos nos golpeaba, y
como ha escrito el poeta Antonio Colinas, ese "jueves de marzo
no llovía lluvia de odio: llovían manos mansas, que a todo y hacia
todo se tendían, suavemente, como marea de música, sólo para
sanar, para sanarnos".
Hoy,
este Premio Convivencia es otra mano que se nos tiende, mano a la
que el pueblo de Madrid se coge esperanzado, y agradecido por un
gesto que, en efecto, sirve para sanarnos.
Muchas
gracias, pues, por vuestra solidaridad y vuestra humanidad.
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